A pocas semanas del regreso a clases, muchos padres comienzan a notar los efectos del receso escolar en los hábitos alimenticios de sus hijos. Si bien las vacaciones son necesarias para el descanso físico y emocional, también representan un cambio drástico en la rutina diaria, con impactos directos en la salud infantil.
Durante este periodo, los horarios de comida tienden a desorganizarse, aumenta el consumo de alimentos ultraprocesados y la actividad física disminuye considerablemente. Este combo puede generar un desequilibrio en la nutrición infantil, lo cual repercute en su bienestar general.
Uno de los factores clave es el mayor tiempo libre frente a pantallas, lo que eleva el consumo de snacks altos en azúcares, grasas y sodio. Muchos niños desayunan más tarde o incluso se saltan comidas principales, y los padres, ya sea por falta de tiempo o en un intento de consentirlos, suelen relajar las reglas alimenticias que durante el ciclo escolar son más estrictas.
Las consecuencias no tardan en aparecer: aumento de peso, fatiga, alteraciones en el sueño, falta de concentración e incluso irritabilidad asociada a los picos de azúcar en sangre. La falta de actividad física intensifica estos efectos, especialmente cuando se interrumpe el hábito recomendado por la OMS de al menos una hora de ejercicio diario.
Sin embargo, aún hay tiempo para hacer ajustes antes del regreso a clases. Los especialistas recomiendan establecer horarios regulares para las comidas, ofrecer alimentos ricos en nutrientes, evitar bebidas azucaradas, incentivar juegos activos o caminatas en familia, e involucrar a los niños en la preparación de recetas saludables. Retomar estos hábitos puede marcar una gran diferencia en su salud física y emocional al volver a la escuela.